Era una noche fría, de esas que suelen acompañar las estrellas estáticas del cielo…
El tic-tac del reloj irrumpía el misterio y María, inmóvil y pálida, esperaba ansiosa el arribo del deseo.
Pasaban los minutos… y Juan corría en el desierto. Tenía los pies descalzos y un cálido aroma le envolvía el cuerpo.
Eran las diez y cuarto... y a María la vencía el desaliento. Un café cargado atestiguaba la espera y una brisa gélida enredaba su pelo.
Juan aligeraba el paso, evitando que el arenal le congelara los dedos. El afán de un perpetuo encuentro impulsaba el andar del hombre radiante… el mismo de hace tiempo.
Once menos veinte… y María fijaba los ojos en el firmamento. Tres años habían transcurrido desde la última vez... tres desde el último beso.
Cansado y apoderado de recuerdos… Juan se aproximaba a ella, la que ha vivido la usencia de sus sueños… la misma que lo despidió sin duda en una mañana de invierno.
Eran las once en punto… y María lo vio atravesando el sendero. Su lánguido cuerpo se estremeció… como lo hacen las hojas secas al viento.
-Aquí estoy- dijo Juan. Y María lo abrazó sin miedo.
Dos almas víctimas del destino, de los imposibles y del momento... ardían en llama, en silencio.
Once y media… y la piel se convertía en incienso. María se mordía los labios y Juan la miraba perplejo.
Era una noche fría… de luna nueva y cielo eterno. María durmió tranquila… y a la mañana siguiente, él se fue de nuevo.
Friday, November 21, 2008
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1 comment:
Que historia tan bonita! Très romantique. Me gusto muchisimo, bastante inspiradora :)
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